Reflexiones desde la experiencia

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Ayer tuve la ocasión de escuchar a Juan Miguel Villar Mir en Zaragoza. En un momento de su brillante disertación apuntó las claves para ser un buen directivo:

La primera gran condición es la Voluntad de trabajar. “Trabajar, trabajar y trabajar.” Esta voluntad se debe traducir en constancia, dedicación, espíritu de sacrificio, esfuerzo sostenido, sin desmayo, en las situaciones fáciles y en las menos fáciles, con una actitud exigente y crítica para consigo mismo, movida por el deseo de una mejora continúa. No hay que desfallecer jamás.

Debemos ejercitar nuestra “fortaleza”, ya no sólo para trabajar más sino trabajar mejor y para ello debemos querer crecer.

Estabilidad Emocional. Cualidad imprescindible en un directivo. Estabilidad emocional que implica tolerancia ante actos hostiles y una constante renuncia al amor propio mal entendido, defecto de los que más problemas pueden crear; pues el orgullo, y la obstinación derivada de él, están reñidos con el espíritu de equipo, de equilibrio y de cooperación. Esta estabilidad emocional reviste la forma externa de la serenidad y el autocontrol en todas las situaciones, en momentos tanto de triunfo como de dificultad, pues el verdadero profesional ha de ser igualmente eficaz en unos y en otros. Un buen directivo no puede enfadarse, ni alzar la voz, ni mucho menos perder los nervios, ni en las circunstancias más adversas.

Descubrimos en esta idea la templanza y la humildad. El papel del directivo exige la ejemplaridad de vida. ¿Somos conscientes de ese papel?

Capacidad de estudio y análisis. La intuición es la cualidad más peligrosa para quien crea poseerla. No se puede tomar ninguna decisión sin un estudio previo y un análisis riguroso de todos los aspectos que intervienen. No conozco ningún caso de ideas geniales que nazcan por “generación espontánea”, por una especie de iluminación. Las grandes ideas, al final, son la suma de muchas pequeñas buenas ideas, que surgen del análisis, de la reflexión y del estudio, de volver una y otra vez sobre los asuntos, de analizar todos los escenarios y todos los factores. Hay que huir siempre de la improvisación, hay que estudiar a fondo los temas y hay que tener en la cabeza todos los datos, y volver sobre ellos, tantas veces como sea necesario.

Yo me pregunto, ¿buscamos la verdad de las cosas? Creo que muchos nos conformamos con la opinión, con el conocimiento vanal, hueco y pomposo de tantos y tan famosos. ¿No es hora de buscar la verdad de las cosas por nosotros mismos? Esto implica estudiar, indagar, tener hambre de saber, de profundizar y por otro lado de la sana discusión, del contraste educado de pareceres.

Comunicación y Motivación forman la cuarta gran condición. Condición necesaria es también la capacidad de comunicar con los demás y de motivarlos para alcanzar los objetivos marcados y para realizar eficazmente las tareas encomendadas.

La función principal del directivo es siempre la misma; la de orientar, conducir y controlar el trabajo de otras personas. Un profesional muy inteligente y con ideas muy claras e incluso muy acertadas, pero que no transmite esas ideas a sus colaboradores, representa simplemente un potencial inútil, absolutamente perdido, por falta de capacidad de impulsar y movilizar el trabajo de sus colaboradores.

El verdadero lider es capaz de transmitir ilusión a sus colaboradores. Esto queda muy bien en el papel, pero mi primera pregunta ¿que pienso yo de mis colaboradores? Creo que de ello depende mi capacidad de motivarlos. Si les veo como “recursos” obedecerán en el mejor de los casos. Si los veo como compañeros con distinta responsabilidad y con igual dignidad ¡cómo cambia la cosa!

Y es también necesaria la Ambición y la Capacidad de Asumir Riesgos. Sin riesgo no hay rentabilidad. Hay que perseguir objetivos ambiciosos, cuanto más ambiciosos mejor. Y hay que estar preparado para asumir los riesgos que ello supone, riesgos que deben ser valorados y gestionados y para los cuales hay que establecer los planes de contingencia correspondientes. Pero, al final, hay que convivir con los riesgos.

La asunción del riesgo nos hace avanzar, la audacia, la valentía, la confianza, el optimismo nos hacen correr. El miedo paraliza, la cobardía hunde.

La salud física es una condición fundamental, pues el directivo, a su permanente actividad física, debe añadir un esfuerzo mental sostenido para cubrir horarios y responsabilidades. Son muchas las personas con gran potencial de éxito que no han llegado a las cotas esperables simplemente por insuficiencias físicas. Es una obligación prestar atención al cuidado y al mantenimiento de la propia salud, con sentido de responsabilidad a largo plazo.

La conciencia de nuestra debilidad, de la necesidad de los demás (ya no sólo de los compañeros sino de la tan olvidada familia) nos hacen más fuertes. Cuidamos nuestros útiles de trabajo, llevamos el coche a revisión cada cierto tiempo, … ¿y nosotros?

La última y muy importante cualidad personal que cito, necesaria en una persona eficaz, es la Honestidad. La salud espiritual es la honestidad. Honestidad que supone la exigencia de veracidad y de lealtad; pues ambas características son indispensables para merecer la confianza del entorno y para crear el imprescindible clima de equipo y de cooperación.

La autoridad, la verdadera autoridad, es simplemente una radiación de influencia hacia los colaboradores y hacia el entorno. Y esa influencia quedaría resquebrajada y rota si la actuación del directivo no fuera profesionalmente honesta o si sus palabras faltaran a la verdad. La conducta honesta no es solo una obligación ética, sino que es además muy rentable.

En definitiva, el directivo debe ser un hombre de una pieza, íntegro, honrado, … virtuoso.

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