Democracia amenazada

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Muchas veces nos preguntamos las consecuencias de una vida sin ética. Javier Rupérez, diplomático y político español, advierte en un reciente artículo del serio riesgo para la democracia que supone la corrupción.

“Por eso es intolerable que en este momento de la verdad los voceros habituales se debatan entre la transparencia y el cinismo. Es decir, entre los que pretenden regenerar el sistema y los que creen que con cargo al habitual «ir tirando» el tiempo evitará mayores convulsiones. Que nadie se engañe: en este envite nos jugamos definitivamente la grandeza de nuestra libertad. La ciudadanía demanda que las instituciones y los que las representan hagan definitivamente frente a sus responsabilidades. Que resumen en una sola palabra: honradez.”

 

Por otro lado otro político español, Jaime Mayor Oreja en una reciente conferencia bajo el título “El fortalecimiento de la verdad” adviertía de otro riesgo equiparable en gravedad: la mentira.

“La mentira, su prevalencia, nos deshumaniza, porque esa consecuencia está en su propia naturaleza. Este predominio de la mentira es la causa más profunda del desprestigio del quehacer público, que hoy adquiere en las sociedades occidentales niveles insoportables. [..] En las últimas décadas, sobre todo en la más reciente, hemos aumentado el ritmo de evolución hacia sociedades cada vez más líquidas, alejadas creciente y aceleradamente de valores permanentes y sólidos, alejadas de la verdad incluso como aspiración.

Hemos ido destruyendo los principios pre-políticos y hemos dejado absolutamente todo al albur de la evolución de los estados de opinión.

El problema de las sociedades líquidas es que cada vez se hacen más líquidas, se aproximan a una sociedad gaseosa que tiende al suicidio más que a la revolución.

La sociedad líquida, como los fluidos, va socavando sus propios cimientos, sus principios y sus valores. El pensamiento débil arrasa, y lo políticamente correcto exige una policía del pensamiento -en una expresión acertada y literal de Fernando García de Cortázar-, para deslegitimar y marginar a los heterodoxos. Se relativiza todo o casi todo, y preferimos abandonar la verdad para abrazar la mentira. Dejamos de creer.”

La democracia sólo funciona sobre la base de “unas virtudes cívicas y consiguientemente de una voluntad ejemplificadora” según Rupérez. La corrupción y la mentira (pos-verdad) se ha instalado en nuestra clase política y ello nos lleva a un gran hartazgo ciudadano, que poco a poco va pasando del sarcasmo a la amargura y al cinismo, dudando e incluso rechazando el sistema. Al dudar de la democracia, al identificar la democracia con la corrupción y la mentira, al quitar su fundamento cívico, ético estamos dejando via libre a que se den movimientos en los que el valor de la libertad y de la verdad desaparezcan, totalitarismos propagandistas que anularán al hombre.

 

 

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